La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Señor, los correos están preparados y esperan en el patio de las Tullerías —contestó Dumouriez.

—Me alegraría tener una copia para enseñarla a la reina —repuso el rey con cierto embarazo.

—Ya he previsto los deseos de Vuestra Majestad; aquí tengo cuatro copias certificadas por mí.

—En ese caso, expedid los despachos.

Al llegar Dumouriez a la puerta por donde entró, un edecán[48], que esperaba, le entregó varias cartas.

Un momento después se oyó el galope de algunos caballos que salían juntos del patio de las Tullerías.

—Enhorabuena —dijo el rey al oír este ruido significativo—, vamos ahora a vuestro ministerio.

—Señor —dijo Dumouriez—, desearía que Vuestra Majestad rogase al señor Cahier de Gerville que permanezca con nosotros.

—Ya le he manifestado mi deseo —contestó el rey.

—Y yo, señor, me veo obligado a persistir en mi renuncia, porque mi salud se debilita de día en día y necesito algún descanso.

—Ya lo oís —dijo el rey volviéndose a Dumouriez.

—Sí, señor.

—¡Y bien! —dijo el rey—, ¿vuestros ministros?…

—El señor de Grave consiente en continuar.


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