La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Este extendió la mano:

—Señor —dijo—, el lenguaje del señor Dumouriez os ha admirado por su franqueza, y el mío os admirará más por su humildad.

—Hablad.

—He aquí, señor —dijo Grave, sacando de su bolsillo un papel, he aquí una apreciación—, tal vez algo más severa, que una mujer de mérito hace de mí; tened la bondad la bondad de leerla.

El rey tomó el papel y leyó:

«De Grave es ministro de la guerra; bajo todos conceptos es un hombre muy corto: la naturaleza le ha hecho dulce y tímido; sus preocupaciones le imponen el orgullo, al mismo tiempo que su corazón le inspira la amabilidad. De esto resulta que, entorpecido para conciliar las cosas ese hombre es absolutamente nulo. Me parece que lo estoy viendo seguir al rey como cortesano, con la cabeza erguida sobre su débil cuerpo, enseñando el blanco de sus ojos azules, que no puede tener abiertos después de comer sino con el auxilio de tres o cuatro tazas de café; habla poco, simulando reserva, pero en realidad carece de ideas y pierde tan fácilmente la cabeza en los negocios de su departamento, que un día u otro querrá retirarse».

En efecto, Luis XVI, que había titubeado en leer hasta el fin, y que solamente continuó a instancias de Grave, veía aquí una verdadera apreciación de mujer.


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