La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—¿Será de madame Stael? —dijo.

—No, señor, todavía es más extraordinario, es de madame Roland.

—Y ¿decís que tal es vuestra opinión sobre vos mismo?

—En muchos puntos, señor. Me quedaré en el ministerio hasta el momento en que yo ponga a mi sucesor al corriente de los negocios; después rogaré a Vuestra Majestad que admita mi dimisión.

—Tenéis razón; vuestro lenguaje es más extraño que el del señor Dumouriez. Me alegraría que tuvieseis un sucesor elegido por vos, si persistís en vuestro deseo.

—Señor, voy a suplicar a Vuestra Majestad que me permita presentarle al señor Servan, que es un hombre de bien en toda la acepción de la palabra; carácter ardiente, costumbres puras, austero como un filósofo y bondadoso como una mujer; además de esto, señor, es un patriota ilustrado, un valiente militar y un ministro vigilante.

—Vaya, ya tenemos tres ministros: el señor Dumouriez, de Estado; el señor Servan, de Guerra; el señor Lacoste, de Marina. ¿A quién pondremos en Hacienda?

—Señor, si Su Majestad gusta, propondré al señor Clavières, que es un hombre de grandes conocimientos en el ramo, y que posee inmensa habilidad en el manejo del tesoro.


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