La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —SÃ, en efecto —repuso el rey—, se dice que es un trabajador activo, pero hombre irascible, testarudo, quisquilloso y difÃcil en la discusión.
—Señor, esos son defectos comunes a todos los hombres de gabinete.
—Pasemos por alto los defectos del señor Clavières; ya tenemos ministro de Hacienda. ¿A quién daremos la Justicia?
—Señor, me han recomendado un abogado de Burdeos, el señor Duranthon.
—De la Gironda, ¿es verdad?
—SÃ, señor; es un hombre bastante ilustrado, recto y buen ciudadano, aunque débil y lento; nosotros le avisaremos y salimos garantes por él.
—¿Y el Interior?
—Señor, la opinión unánime es que esa cartera conviene al señor Roland.
—¿A madame Roland, queréis decir?
—A uno y a otro.
—¿Los conocéis?
—No, señor; pero según se asegura, el uno se parece a un hombre de Plutarco, y la otra a una mujer de Tito Livio.
—¿Sabéis cómo van a llamar a vuestro ministerio, señor Dumouriez?
—No, señor.
—El ministerio descamisado.