La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Creedme, señora, yo no tengo el menor interés en engañaros. Detesto la anarquÃa y los crÃmenes tanto como vos; tengo experiencia y estoy en mejor disposición que Vuestra Majestad para juzgar los acontecimientos; lo que está pasando no es una intriga del duque de Orleáns, como han querido haceros creer, ni un efecto del encono del señor Pitt, como habéis supuesto; no es tampoco un movimiento popular momentáneo; sino la insurrección casi unánime de una gran nación contra abusos inveterados; sé muy bien que en medio de todo eso hay personas que atizan el incendio; pero dejemos a un lado los malvados y los locos, y no consideremos más que al rey y a la nación en la revolución que se está haciendo; todo lo que tiende a separarlos, tiende a su mutua ruina. Yo, señora, sólo he venido a trabajar con todas mis fuerzas para reunirlos; ayudadme en vez de oponeros. ¿Desconfiáis de mÃ? ¿Soy un obstáculo a vuestros proyectos contrarrevolucionarios? DecÃdmelo, señora, decÃdmelo, y en el acto daré mi dimisión, para retirarme a llorar en un rincón la suerte de la patria y la vuestra.
—No, no —dijo la reina—, quedaos y perdonad.
—¿Yo perdonar? Señora, os suplico que no os humilléis de ese modo.
—Y ¿por, qué no he de humillarme? ¿Soy yo todavÃa una reina? ¿Soy siquiera una mujer?