La Condesa de Charny

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Y dos gruesas lágrimas se deslizaron de los ojos de la reina.

Dumouriez se había excedido bastante; pero sabía ya lo que quería, es decir, si quedaba alguna fibra sensible en el fondo del corazón de la reina.

—Dios me libre —dijo—, de hacer semejante injuria a Vuestra Majestad. Vuestro carácter, señora, es demasiado grande y noble para inspirar tales sospechas al más cruel de vuestros enemigos; y habéis dado de ello pruebas heroicas que yo he admirado, y que han sido la causa de mi fiel adhesión.

—¿Decís la verdad? —preguntó María Antonieta con voz conmovida.

—¡Oh, señora!, ¡os lo juro por mi honor!

—En ese caso, excusadme y dadme vuestro brazo; estoy tan débil que hay momentos en que me parece que voy a desfallecer.

Y, en efecto, palideció y echó la cabeza hacia atrás.

¿Era esto una realidad, o uno de aquellos juegos terribles en que era tan hábil la seductora Medea? Dumouriez, por muy diestro que fuese, se dejó engañar, o tal vez siendo más diestro que la reina, lo fingió así.


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