La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Dumouriez guardó silencio un instante, y como cómico hábil miró a la reina con profunda compasión.

—Señora —dijo—, permitidme observar que vuestra salvación, la del rey y la de vuestros augustos hijos está unida a esa Constitución que tanto despreciáis, pero que os salvará si queréis que ella os salve. Señora, si yo os hablase de otro modo, os serviría mal, del mismo modo que al rey.

La reina, interrumpiendo al general con un ademán impetuoso, dijo:

—Habéis equivocado el camino, os lo prevengo.

Y añadió, con un indefinible acento de amenaza:

—¡Cuidado!

—Señora —contestó Dumouriez con mucha calma—, tengo más de cincuenta años, he corrido mil riesgos, y al encargarme del ministerio he pensado que la responsabilidad ministerial no era el mayor de los peligros que corría.

—¡Ah! —exclamó la reina, dando una palmada—, no os faltaba más que calumniarme.

—¡Calumniaros, señora!

—¿Sí, queréis que os explique el sentido de las palabras que acabáis de pronunciar?

—Decid, señora.

—Acabáis de decir que soy capaz de haceros asesinar, ¡oh, oh, caballero!


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