La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Dumouriez se retiró cuanto antes, porque la desesperación de la reina le era muy penosa; poco afecto a las ideas, lo era mucho a las personas; no tenía el menor conocimiento de la conciencia política, pero era muy accesible a la compasión humana; además, Brissot le estaba esperando para presentarle a los Jacobinos. Dumouriez no quería tardar en hacer sumisión al terrible club.
En cuanto a la Asamblea, esta le importaba poco desde el momento en que era el hombre de Pétion, de Gensonné, de Brissot y de la Gironda.
Pero no era el hombre de Robespierre, de Collot-d’Herbois y de Couthon, y estos eran precisamente los que dirigían a los Jacobinos.
Su presencia no estaba prevista; era una cosa demasiado audaz que un ministro del rey viniese a los Jacobinos; así es que apenas se pronunció su nombre, cuando las miradas de todos se dirigieron hacia él.
¿Qué iba a hacer Robespierre al verle?
Robespierre volvió la cara como los demás; puso atención al oír el nombre que pasaba de boca en boca, y frunciendo las cejas volvió a quedar frío y silencioso.
En toda la sala reinó un silencio profundo.
Dumouriez comprendió que debía hacer el último esfuerzo.
