La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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El señor de Noailles, nuestro embajador en Viena, estaba casi preso en su palacio.

Nuestro embajador en Berlín, el señor de Segur, fue precedido del rumor de que iba a aquella corte para sorprender los secretos del rey de Prusia, constituyéndose en apasionado y despilfarrador amante de sus mancebas.

Por casualidad, ese rey las tenía.

El señor de Segur se presentó en la audiencia pública al mismo tiempo que el enviado de Coblenza.

El rey de Prusia volvió la espalda al embajador de Francia, y preguntó en alta voz al enviado cómo estaba el conde de Artois.

En aquella época la Prusia creía, como cree hoy, estar a la cabeza del progreso alemán; vivía de las extrañas tradiciones filosóficas del rey Federico, y animando la resistencia de los turcos y las revoluciones de los polacos; al mismo tiempo que sofoca la libertad, de los holandeses, pesca siempre en el agua turbia de las revoluciones, ya en Neufchatel, ya una parte de la Pomerania o de la Polonia.

Francisco II y Federico Guillermo eran los enemigos visibles de Francia, al mismo tiempo que Inglaterra, Rusia y España eran los invisibles.

El jefe de esta coalición debía ser el belicoso rey de Suecia, gigante armado que se llamaba Gustavo III, a quien Catalina II tenía bajo su mano.


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