La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Aquel ministerio, al que tanto trabajo costaba penetrar en el despacho del rey, podía llamarse ministerio de la guerra.
El emperador Leopoldo había muerto el 1.º de marzo en medio de su harén italiano, víctima de las afrodisíacas que él mismo componía.
La reina, que leyó un día en un folleto jacobino que un pedazo de pastel acabaría con el emperador de Austria; que había preguntado a Gilberto si existía un contraveneno universal, dijo que su hermano había sido envenenado.
Con Leopoldo acabó la política contemporizadora de Austria. Francisco II, que ascendía al trono —a quien hemos conocido, y que ha sido contemporáneo nuestro, después de haberlo sido de nuestros padres—. Tenía sangre alemana e italiana; era austríaco y nacido en Florencia; débil, violento, astuto, alma dura, ocultando su duplicidad bajo la apariencia de una plácida fisonomía, marchando como el comendador, por resortes, o como el espectro del rey de Dinamarca, que dio su hija a su vencedor por no darle sus Estados, que le acometió en su retirada. Francisco II, en fin, el hombre de los plomos de Venecia, de los calabozos de Spitzberg, el verdugo, de Adriane y de Silvio Pellico.
He aquí al protector de los emigrados, al aliado de la Prusia y al enemigo de la Francia.
