La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —No, no —contestó el rey—; vos, el buen Lacoste, y también Duranthon; pero libradme de esos tres facciosos, insolentes, porque os juro, caballero, que ya se me apura la paciencia…
—Eso es peligroso, señor.
—Y ¿retrocedéis ante el peligro? —preguntó la reina.
—No, señora —replicó Dumouriez—; pero pondré mis condiciones.
—¿Vuestras condiciones? —preguntó la reina con altivez.
Dumouriez se inclinó.
—Decid, caballero —añadió el rey.
—Señor, estoy en lucha contra los tres facciosos que dividen a ParÃs; los Girondinos, los Fuldenses y los Jacobinos, que tiran contra mà a cuál más; estoy completamente despopularizado, y como tan sólo por la opinión pública se pueden retener algunos hilos del gobierno, no puedo en realidad seros útil sino con una condición.
—¿Cuál?
—Que se diga bien alto, señor, que yo no me he quedado con mis dos colegas sino para sancionar los dos decretos que acaban de aprobarse.
—Esto no puede ser —contestó el rey.
—¡Imposible, imposible! —añadió la reina.
—¿Rehusáis?