La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Señora, si no lo hacéis por vos misma; si la intrépida hija de María Teresa, no tan sólo desprecia el peligro, sino que, así como su madre, se presta a marchar a su encuentro, pensad por lo menos que no estáis sola, pensad en el rey y en vuestros hijos, y no les empujéis al abismo, sino ayudadme a retener a Su Majestad al borde del precipicio sobre el cual se inclina el trono. Si he creído necesaria la sanción de los dos decretos antes que Su Majestad manifestara su deseo de verse libre de esos tres facciosos que os molestan, juzgad hasta qué punto la creo indispensable tratándose de despedir a esos tres ministros. Si despacháis a estos sin sancionar los decretos, el pueblo tendrá dos motivos para seros hostil: os considerará como enemigo de la Constitución, y los ministros salientes pasarán a sus ojos por mártires, en cuyo caso, ojalá que de aquí a pocos días no se produzcan los más graves acontecimientos, que quizá pongan a la vez en peligro vuestra corona y vuestra vida. En cuanto a mí, prevengo a Vuestra Majestad, que no puedo, ni aun para serviros, proceder, no diré contra mis principios, pero sí contra mis convicciones. Duranthon y Lacoste piensan como yo; pero yo no estoy encargado de hablar por ellos. En cuanto a mí concierne, por lo tanto, os he dicho, señor, y os lo repito, que no permaneceré en el consejo si Vuestra Majestad no sanciona los dos decretos.

El rey hizo un movimiento de impaciencia.


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