La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Dumouriez se inclinó y dirigióse hacia la puerta.

El rey cruzó una mirada con la reina.

—¡Caballero! —dijo esta.

Dumouriez se detuvo.

—¡Pensad hasta qué punto es triste para el rey sancionar un decreto que traerá a París veinte mil pillos que pueden asesinarnos!

—Señora —dijo Dumouriez—, el peligro es grande, ya lo sé; mas por lo mismo es preciso mirarle de frente sin exagerarle. El decreto dice que el poder ejecutivo indicará el punto de concentración de esos veinte mil hombres, que no son todos pillos; y previene también que el ministro de la guerra se encargará de darles oficiales y cierta organización.

—¡Pero, caballero, el ministro de la guerra es Servan!

—No, señor, el ministro de la guerra, desde el momento en que Servan se retire, seré yo.

—¡Ah!, sí, ¿seréis vos? —preguntó el rey.

—Y ¿os encargaréis del ministro de la guerra? —preguntó la reina.

—Sí, señora, y espero volver contra vuestros enemigos la espada suspendida sobre vuestra cabeza.

Él rey y la reina se miraron de nuevo como para consultarse.


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