La Condesa de Charny

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Muy al contrario de la entrada, que se efectuó entre gritos y silbidos, la salida fue acompañada del más profundo silencio, y los espectadores de las tribunas se precipitaron en los pasillos para ver al hombre que acababa de arrostrar las iras de toda una Asamblea. En la puerta de los Fuldenses le rodearon trescientas o cuatrocientas personas, que se oprimían en torno suyo con más curiosidad que odio, como si hubiesen podido prever que tres años más tarde salvaría la Francia en Valmy.

Algunos diputados realistas salieron de la cámara unos después de otros y precipitáronse hacia Dumouriez; para ellos no quedaba duda, el general era de los suyos. Dumouriez había previsto precisamente esto, y he aquí por qué había hecho prometer al rey la sanción de los dos decretos.

—¡Hola, general —le dijo uno de ellos—, están haciendo diabluras por ahí dentro!

—Propio sería de ellos —contestó Dumouriez—; mas creo que solamente el diablo pueda hacerlas.

—No sabéis una cosa —dijo otro—; se trata en la Asamblea de enviaros a Orleáns para que os procesen allí.

—¡Bueno! —contestó Dumouriez— me conviene las vacaciones, porque así tomaré baños y descansaré.

—General —gritó un tercero—, acaban de decretar la impresión de vuestra memoria.


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