La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Pero al oír estos gritos, Dumouriez, que no había dado un solo paso hacia la puerta, sacó la memoria del bolsillo y se la entregó al ujier.
Un secretario alargó al punto la mano, y habiendo recibido el documento buscó la firma.
—¡Señores —dijo el secretario—, la memoria no está firmada!
—¡Que la firme, que la firme! —gritaron por todas partes.
—Tal era mi intención —dijo Dumouriez—, y el trabajo es bastante concienzudo para que yo no vacile en firmarle. Dadme tinta y pluma.
Se le dio esta última mojada ya en tinta.
Y poniendo un pie en los escalones de la tribuna, firmó la memoria sobre sus rodillas.
Entonces el ujier quiso tomarla; pero Dumouriez le desvió el brazo y fue a dejar el escrito sobre la mesa; después, lentamente, y deteniéndose a cada paso, atravesó la sala y salió por la puerta situada bajo los bancos de la izquierda.