La Condesa de Charny

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Pero en medio del ruido, el ministro leyó el exordio con voz tan alta y clara, que se oyó que aquel exordio iba dirigido contra las facciones, refiriéndose al respeto que se debía tener a un ministro.

Semejante aplomo era el más propio para exasperar a los oyentes de Dumouriez, aunque se hubieran hallado en una disposición de ánimo menos irritable.

—¿Le oís? —gritó Gaudet—. ¡Se cree ya tan seguro del poder, que osa darnos consejos!

—¿Por qué no? —contestó tranquilamente Dumouriez, volviéndose hacia el que preguntaba.

Ya hemos dicho, hace mucho tiempo, que lo más prudente en Francia es el valor; el de Dumouriez impuso a sus adversarios, y todos callaron.

La memoria era sabia, luminosa, hábil, y por mucha prevención que hubiera contra el ministro, en dos párrafos se aplaudió.

Lacuse, que era individuo de la junta militar, subió a la tribuna para contestar a Dumouriez, y este último arrolló entonces su memoria y la guardó tranquilamente en su bolsillo.

Los Girondinos vieron el movimiento, y uno de ellos gritó:

—¿Veis qué traidor? Se guarda su memoria y quiere huir con ella… ¡Impidámoslo, porque ese documento servirá para confundirle!


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