La Condesa de Charny

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Por eso el ministro de la guerra avanzó directamente hasta la tribuna y subió a ella en medio de gritos confusos y de vociferaciones feroces.

Llegado allí pidió fríamente la palabra, que se le concedió en medio de un espantoso tumulto.

Por fin se calmó, gracias a la curiosidad que se tenía por oír lo que Dumouriez diría.

—Señores —exclamó—, el general Gouvion acaba de ser muerto; Dios ha recompensado su valor, pues ha sucumbido combatiendo a los enemigos de Francia; ha sido muy feliz, porque así no presenciará nuestras espantosas discordias, y yo envidio su suerte.

Estas pocas palabras, dichas en voz muy alta y con profunda melancolía, produjeron impresión en la Asamblea; además, aquella muerte distraía de los primeros sentimientos, y se deliberó sobre lo que la Asamblea debía hacer para significar su dolor a la familia del general, acordándose que el presidente escribiera una carta.

Entonces Dumouriez volvió a pedir la palabra y le fue concedida.

Sacó de su bolsillo una memoria; mas apenas hubo leído el título, Memoria sobre el ministerio de la guerra, cuando Girondinos y Jacobinos comenzaron a gritar para que no se permitiera la lectura.


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