La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Señor, os lo repito; es la última vez que tengo el honor de veros, y por lo tanto, dispensadme mi franqueza, tengo cincuenta y tres años y bastante experiencia, y no incurristeis en error cuando me prometÃais sancionar los decretos, sino hoy mismo, al rehusar cumplir con Vuestra promesa… ¡Os engañan, señor, os conducen a la guerra civil; como estáis sin fuerzas, sucumbiréis, y la historia, compadeciéndoos, dirá que fuisteis la causa de las desgracias de Francia!
—Y ¿suponéis, caballero —dijo Luis XVI—, que a mà es a quien se atribuirán las desgracias de Francia?
—SÃ, señor.
—¡Dios me es testigo, sin embargo, de que tanto deseo su felicidad!
—No lo dudo, señor; pero debéis cuenta a Dios, no tan sólo de la pureza de vuestras intenciones, sino de su ilustrada aplicación. Creéis salvar la fe religiosa y la destruÃs; vuestros sacerdotes serán asesinados y vuestra corona, rota, rodará en vuestra sangre, en la de la reina y en la de vuestros hijos. ¡Oh, rey mÃo, oh, rey mÃo!
Y Dumouriez, sofocado, aplicó sus labios sobre la mano que le ofrecÃa Luis XVI.
Entonces el rey, completamente sereno, y con una majestad de que se le hubiera creÃdo incapaz, repuso: