La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Ninguno faltó a la cita. Las pasiones de todos aquellos hombres eran diferentes. Decir de dónde procedían sería escribir una historia lúgubre de las perversidades de la humanidad. Algunos obraban por amor a la libertad; muchos, como Billot, por venganza de insultos recibidos, y los más por odio, por miseria, por malos instintos.

En el primer piso de aquella casa había una sala, en que solamente los jefes tenían derecho para entrar; de ella salían a tomar instrucciones precisas, terminantes y supremas, como de un tabernáculo en el cual un dios desconocido diera sus decretos.

Sobre una mesa veíase un gran plano de París.

El dedo de Danton señalaba en este plano el nacimiento, el curso, la afluencia e intersección de todos aquellos arroyos, ríos y torrentes de hombres que debían inundar París al siguiente día.

La plaza de la Bastilla, en la que se desemboca por las calles del arrabal de San Antonio, del barrio del Arsenal y del arrabal de San Marcial, fue señalada para punto de reunión; la Asamblea como pretexto, las Tullerías como objeto.

El bulevar era el camino ancho, seguro, por el cual debía precipitarse con fragor la espantosa catarata.

Después de señalar a cada uno su puesto, y de haberse comprometido todos a ocuparle, la reunión se disolvió.


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