La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Envainad esos sables —dijo este—, sólo quiero que os pongáis junto a mí.

Y, en efecto, poco faltó para que no hubiese sido demasiado tarde. El brillo de los sables se había tomado por una provocación.

Un hombre andrajoso, con los brazos desnudos y la boca cubierta de espuma, se lanza hacia el rey.

—¡Ah!, ¿estás ahí, Veto? —exclama, tratando de herirle con la hoja de un cuchillo puesta en la punta de un palo.

Uno de los granaderos que, no obstante la orden del rey, tenía aún el sable en la mano, paró el golpe.

El rey entonces, repuesto completamente, separa con la mano al granadero, diciendo:

—¡Dejadme! ¿Qué puedo temer hallándome en medio de mi pueblo?

Y dando un paso hacia delante, Luis XVI, con la majestad de que se revestía en los momentos supremos, y con un valor que hasta entonces no había mostrado, presentó su pecho a las armas de todas clases contra él dirigidas.

—¡Silencio! —dijo una voz robusta en medio de aquel espantoso tumulto—, ¡silencio, quiero hablar!

El estruendo del cañón hubiera tratado en vano de hacerse oír en medio de aquellos clamores y aquellos alaridos; y sin embargo, al sonido de esta voz, alaridos y clamores cesaron.


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