La Condesa de Charny

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Y confiando la custodia de la reina a dos o tres guardias nacionales que habían acudido, y al ministro de la guerra Lajard, que acababa de entrar, corrió hacia el sitio en que se hallaba el rey, con el cual había ocurrido una escena casi análoga.

Luis XVI había acudido al oír el estrépito. En el momento de entrar en la cámara, los tableros de la puerta caían hechos pedazos y daban paso a las puntas de las bayonetas, los hierros de las lanzas y los filos de las hachas.

—¡Abrid —gritó el rey—, abrid!

—¡Ciudadanos —dijo en voz alta el señor de Hervilly—, es inútil echar abajo la puerta, pues el rey quiere que se abra!

Y al mismo tiempo descorrió el cerrojo, dio vuelta a la llave, y la puerta, casi desquiciada, giró sobre sus goznes.

El señor Acloque y el duque de Mouchy tuvieron tiempo de empujar al rey hacia el hueco de una ventana, en tanto que algunos granaderos que se hallaban allí se dieron prisa a amontonar ante él las banquetas y sitiales.

Al ver a la turba invadir el salón con gritos e imprecaciones, Luis XVI no pudo contenerse:

—¡A mi lado, caballeros! —gritó.

Cuatro granaderos tiraron inmediatamente de sus sables y se colocaron a la par del rey.


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