La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Gilberto, cogiéndola del brazo, la condujo delante de la reina.
—¡Ahà la tienes! —la dijo.
La reina, con una dulce modulación de voz, la preguntó:
—¿Os he hecho algún daño personalmente, hija mÃa?
—Ninguno, señora —contestó la mujer, admirada de la dulzura y de la majestad de MarÃa Antonieta.
—Pues entonces, ¿por qué querÃais matarme?
—¿Yo? —replicó la mujer, confusa y bajando hacia el suelo la punta de su sable—. ¡Me han dicho que erais vos quién perdÃa a la nación!…
—Os han engañado, hija mÃa. Esposa del rey de Francia y madre del delfÃn, de este niño que aquà veis, soy francesa; no volveré a ver nunca mi paÃs, y sólo en Francia puedo ser feliz o desgraciada. ¡Ah!, ¡era tan dichosa cuando me amabais todos!
La reina exhaló un suspiro.
La mujer dejó caer el sable y rompió a llorar.
—¡Ah!, señora —dijo sollozando—, no os conocÃa, perdonadme; ahora creo que sois buena.
—Si continuáis asÃ, señora —la dijo en voz baja Gilberto—, no sólo os salváis, sino que antes de un cuarto de hora, todo ese pueblo caerá de rodillas ante Vuestra Majestad.