La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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La reina detrás de ellos; la inocencia defendía a la impopularidad.

Por el contrario, la reina quería colocarse delante de sus hijos.

—¡Así está bien todo —exclamó Gilberto, con la inflexión de voz de un general que ordena una evolución decisiva—; no hay que moverse!

Y al ver que la puerta cedía, y que entre aquella multitud furiosa había una oleada de mujeres, exclamó, descorriendo el cerrojo:

—¡Entrad, ciudadanas; la reina y sus hijos os esperan!

La oleada penetró por la puerta como a través de un dique roto.

—¿Dónde está la austríaca? ¿Dónde está madame Veto? —gritaron quinientas voces a un mismo tiempo.

Aquel era el momento terrible, supremo, en que todo poder se escapa de manos del hombre y se reconcentra en las de Dios sólo.

—¡Calma, señora —dijo Gilberto a la reina—; no necesito recomendaros la bondad!

Una mujer con los cabellos sueltos, blandiendo un sable, bella de furor, precedía a las demás.

—¿Dónde está la austríaca? ¡Morirá sólo por mi mano! —gritaba.


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