La Condesa de Charny

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El insulto había sido inmenso, pero no llegó a la altura de su resignación. Su firmeza tímida, si podemos decirlo así, necesitaba ser excitada, y esta excitación tomó la rigidez del acero; templado por las circunstancias extremas en que se encontraba, vio durante cinco horas, sin palidecer, las hachas que giraban sobre su cabeza; las lanzas, las espadas y las bayonetas amenazando su pecho; y nunca general alguno se había hallado acaso en diez batallas, por encarnizadas que fueran, en peligro tan inminente como el que acababa de arrostrar en aquella pausada revista de la insurrección. Las Théroigne, los Sáint-Huruge, los Lazouski, los Fournier, los Verriere, todos esos familiares del asesinato se habían puesto en marcha decididos a matarle, y aquella majestad inesperada que se reveló en medio de la tempestad hizo caer el puñal en sus manos. Luis XVI acababa de sufrir su pasión; el regio Ecce Homo se había mostrado con la frente ceñida por el gorro frigio, como Jesús con su corona de espinas, y si no pudo decir, como la víctima del calvario: «Yo soy vuestro Cristo», no cesó un momento de repetir, en medio de las injurias y de los ultrajes: «Yo soy vuestro rey».





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