La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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¡Es tan difícil aborrecer cuando se ama! Amaba a la bella madame Simón Caudeille, actriz, poetisa, grande música. Sus amigos lo buscaban a veces por espacio de dos o tres días, sin poder dar con él hasta que al fin lo hallaban reclinado a los pies de aquella mujer encantadora, con una mano apoyada en sus rodillas y la otra sobre las cuerdas de su arpa, que hacía vibrar al acaso.

Por la noche iba a aplaudir en el teatro a la misma que adoraba por el día.

Dos diputados salían de la Asamblea, desesperados por esta inacción de Vergniaud, que les causaba miedo pensando en sus consecuencias para Francia: eran Grangeneuve y Chabot.

Grangeneuve, el abogado de Burdeos, amigo rival de Vergniaud, y como él diputado de la Gironda.

Chabot, el capuchino secularizado, autor o coautor del Catecismo de los descamisados, que arrojaba sobre la monarquía y la religión toda la hiel que su corazón perverso había amontonado en el claustro.

Grangeneuve, sombrío y meditabundo, marchaba al lado de Chabot.

Este le miraba, pareciéndole ver pasar sobre la frente de su colega la sombra de sus ideas.

—¿En qué piensas? —le dijo Chabot.

—En que todos estos retardos enervan la patria y matan la revolución —contestó Grangeneuve.


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