La Condesa de Charny

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—¡Ah! ¿Piensas en eso? —dijo Chabot, con la sonrisa amarga que le era habitual.

—Pienso —prosiguió Grangeneuve—, en que el pueblo está perdido si da tiempo al rey.

Chabot, prorrumpió en una carcajada estridente.

—Pienso —concluyó Grangeneuve—, que existe una hora para las revoluciones, que los que la dejan escapar no la hallan otra vez, y darán cuenta de ello más tarde a Dios y a la posteridad.

—¿Crees tú que Dios y la posteridad nos pedirán cuenta de nuestra pereza y de nuestra inacción?

—Lo recelo.

Y después de un corto silencio, dijo:

—Mira, Chabot, tengo una convicción: el pueblo se halla hastiado a causa de su último descalabro y no se moverá ya sin una palanca poderosa, sin un sangriento estímulo; necesita un acceso de rabia o de terror con que redoblar su furia.

—Y ¿cómo darle ese acceso de rabia o de terror?

—En eso pienso —contestó Grangeneuve—, y creo haber hallado el medio.

Chabot se le acercó más, comprendiendo, por la entonación de su compañero, que este iba a proponerle alguna cosa terrible.


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