La Condesa de Charny

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—Pero ¿hallaré igualmente —prosiguió Grangeneuve— un hombre que tenga la resolución suficiente para semejante acción?

—Habla —dijo Chabot, con un acento de firmeza que no debió dejar a su colega la menor duda—; soy capaz de todo, con tal de destruir lo que aborrezco, los reyes y los sacerdotes.

—Pues bien —continuó Grangeneuve mirando hacia el suelo—, he visto que ha habido sangre pura en la cuna de todas las revoluciones, desde la de Lucrecia hasta la de Sidney. Para los hombres de estado, las revoluciones son una teoría; para los pueblos; una venganza; pero para impulsar la multitud a la venganza es necesario una víctima. La corte nos niega esa víctima; démosla nosotros mismos a nuestra causa.

—No comprendo —dijo Chabot.

—Más claro, es menester que uno de nosotros —pero uno de los más conocidos, de los más ardientes, de los puros— sucumba a los golpes de los aristócratas.

—Prosigue.

—Es necesario que el que sucumba forme parte de la Asamblea nacional, a fin de que esta tome a su cargo la venganza. Es menester, en fin, que esa víctima sea yo.

—Pero los aristócratas se guardarán bien de tocarte, Grangeneuve.


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