La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Lo sé, y por eso te decÃa que faltaba hallar un hombre de resolución.
—Y ¿para qué?
—Para matarme.
Chabot retrocedió un paso, pero Grangeneuve le cogió por un brazo.
—Hace un momento, Chabot, te juzgabas capaz de todo, con tal de destruir a los que aborrecÃas. ¿Eres capaz de asesinarme?
El exfraile guardó silencio. Grangeneuve continuó:
—Mi palabra se extingue, mi vida es inútil a la libertad, mientras que, por el contrario, mi muerte la aprovechará y mi cadáver será el estandarte de la insurrección.
Y extendiendo con vehemencia su mano hacia las TullerÃas, añadió:
—Es menester que ese palacio y cuanto encierra, desaparezcan en una tormenta.
Chabot miraba a Grangeneuve trémulo de admiración.
—¿Qué dices? —insistió Grangeneuve.
—Sublime Diógenes —dijo Chabot—; apaga tu linterna, que hallaste ya al hombre.