La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Entonces arreglémoslo todo —dijo Grangeneuve—, y concluyamos por esta misma noche. Yo me pasearé solo, aquà o enfrente de los arcos del Louvre, en el paraje más solitario y más sombrÃo… Si temes que te falte la mano, avisa a otros dos patriotas; haré esta señal para que me reconozcan. —Y Grangeneuve alzó los brazos—. Me herirán y, te lo prometo —añadió—, caeré sin dar el menor gemido.
Chabot se enjugó la frente.
—Al amanecer —continuó Grangeneuve—, se hallará mi cadáver; tú acusarás a la corte, y la venganza del pueblo hará lo restante.
—Bien está —dijo Chabot—; hasta la noche.
Y los extraños conjurados se separaron estrechándose la mano.
Grangeneuve entró en su casa e hizo su testamento, que fechó en Burdeos y con un año de atraso.
Chabot se fue a comer al palacio real.
Después de comer entró en casa de un cuchillero. Al salir de la tienda con el cuchillo que habÃa comprado, leyó los carteles de los teatros.
Madame Caudeille tomaba parte en la representación, y el fraile apóstata sabÃa dónde encontrarÃa a Vergniaud.
Fue, pues, a la Comedia Francesa, subió al palco de la bella actriz y halló en él su corte ordinaria: Vergniaud, Taima, Chénier y Dugazon.