La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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En cuanto a su físico, Vergniaud era más bien pequeño que alto; pero tenía la robustez del atleta, distinguiéndose por sus cabellos largos y flotantes, de modo que en sus movimientos oratorios los sacudía como un león su crin; bajo su ancha frente, sombreada por espesas cejas, brillaban dos ojos llenos de dulzura o de fuego; la nariz era corta, un poco grande; los labios gruesos, y así como de la abertura de un manantial surge el agua abundante y sonora, así las palabras salían de su boca como poderosas cascadas llevando la espuma y el ruido. Por efecto de las señales de la viruela, su cutis parecía jaspeado como el mármol sin pulimentar aún por el cincel del estatuario, pero desbastado por el martillo del trabajador. Su tez pálida se coloreaba de púrpura o quedaba lívida, según que la sangre le subiese al rostro o se retirara al corazón. En el reposo y entre la multitud era un hombre ordinario, en el que el ojo del historiador, por penetrante que fuera, no tenía razón alguna para fijarse; pero cuando la llama de la pasión hacía hervir su sangre, cuando los músculos de su rostro palpitaban, cuando su brazo extendido imponía silencio, dominando la multitud, el hombre se convertía en un dios y el orador se transfiguraba. ¡La tribuna era su Thabor!

Tal era el hombre que llegaba, con la mano cerrada aún, pero cargada de rayos.


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