La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Vergniaud entró el último de todos.

Un murmullo de satisfacción circuló por la Asamblea, y las tribunas aplaudieron como se hace en la platea del teatro al presentarse un actor querido.

Vergniaud levantó la cabeza para buscar con los ojos a quien se aplaudía; pero como las palmadas fuesen más ruidosas, comprendió que él las motivaba.

El célebre diputado tenía entonces treinta y tres años escasamente; de carácter meditativo y perezoso, su genio indolente se complacía en frivolidades, y solamente ardoroso para los placeres, hubiérase dicho que se apresuraba a recoger a manos llenas las flores de una juventud que debía tener tan corta primavera. Se acostaba tarde y no solía levantarse hasta mediodía; cuando debía hablar preparaba su discurso tres o cuatro días antes, pulimentábale y le afilaba, así como un soldado sus armas el día anterior al de la batalla. Como orador era lo que en una sala de esgrima se llama un buen tirador, y sus estocadas no le parecían buenas si no las dirigía con brillantez y merecían aplausos; era preciso reservar su palabra para los momentos de peligro, para los instantes supremos.

No era el hombre de todas las horas, ha dicho un poeta, sino el de los grandes días.


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