La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Es que si la descubriese vuestro amigo Lafayette, me mandarÃa fusilar como un perro, o ahorcar como a un ladrón.
—¡Fusilar, ahorcar! —exclamó GuillotÃn—. ¿Por qué? Tan sólo se trata del descubrimiento de una manera de ejecutar suave, fácil e instantánea, que los viejos disgustados de la vida que quieran morir como filósofos y sabios, preferirán a una muerte natural. ¡Venid a ver esto, amigo Marat, venid a verlo!
Y sin cuidarse más del doctor Gilberto, GuillotÃn abrió su caja grande y comenzó por montar su máquina en la mesa de Marat, que le miraba atento, con una curiosidad igual a su entusiasmo.
Gilberto se aprovechó de esta ocupación para levantar a Sebastián, dormido, y llevárselo en sus brazos. Albertina le acompaño hasta la puerta, la cual cerró cuidadosamente detrás de él.
Una vez en la calle, comprendió, por el frÃo de su rostro cubierto de sudor, que el aire de la noche le helaba la frente.
—¡Oh, Dios mÃo! —murmuró—. ¿Qué sucederá en esta ciudad, cuyas cuevas ocultan tal vez a estas horas quinientos filántropos ocupados en obras semejantes a la que ahora he visto preparar, y que algún dÃa se ostentarán a la luz del sol?…