La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Desde la calle de la Sourdiere a la calle en que Gilberto habitaba en la de San Honorato, no habÃa más que un paso.
Aquella casa se hallaba un poco más lejos que la Asunción, frente a la tienda de un carpintero llamado Duplay.
El frÃo y el movimiento habÃan despertado a Sebastián y al punto quiso andar, pero su padre se opuso y siguió llevándole en brazos.
Llegado a la puerta de su casa, el doctor dejó a Sebastián un instante en pie y llamó con fuerza, la suficiente para despertar al portero, si es que estaba dormido, y a fin de no esperar largo tiempo en la calle.
En efecto, un paso pesado, aunque rápido, resonó muy pronto en el interior.
—¿Sois vos, señor Gilberto? —preguntó una voz.
—¡Toma! —dijo Sebastián—, es la voz de Pitou.
—¡Ah! ¡Dios sea loado! —exclamó Pitou abriendo la puerta—. ¡Ya apareció Sebastián!
Y volviéndose hacia la escalera, en cuyas profundidades se comenzaba a ver el resplandor de una luz, gritó:
