La Condesa de Charny

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—¡Oh!, esto no sería nada si solamente los que se acercan a él lo hubiesen notado —repuso el desconocido con una sonrisa extraña—; pero los que se alejan son particularmente los que se aperciben de ello.

Gamain miró a su interlocutor con cierto asombro.

Mas el armero, que había olvidado ya su papel, tomando una palabra por la otra, no le dio tiempo para pensar el valor de la frase que acababa de pronunciar, y reanudó la conversación, diciendo:

—A mí me parece humillante que a un hombre que es como otro, se le llame Señor y Majestad.

—Pero advertid que no es preciso llamarle así; una vez en la fragua, ya no hay nada de esto; yo le llamo ciudadano, y él me llama Gamain a secas; pero él me tuteaba, y yo a él no.

—Sí, pero cuando llegaba la hora de almorzar o de comer, se enviaba a Gamain a la cocina, con los criados y los lacayos.

—¡Oh!, no jamás ha hecho eso; y muy por el contrario, mandaba que me trajeran una mesa, ya servida, a la misma fragua, y a menudo sentábase a ella para almorzar conmigo. «¡Bah!, decía, no iré a ver a la Reina para almorzar con ella, y así no será necesario lavarme las manos».

—No comprendo bien.


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