La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Vamos, dispensad —continuó el armero sonriéndole—; pero ya sabéis que un hombre de mi oficio no habla el francés como un maestro. ¡Y un maestro del Rey de Francia!
Y después, prosiguiendo la conversación en otro tono, añadió:
—Decidme, creo que no tendrá nada de divertido ser maestro del Rey.
—¿Por qué?
—¡Diablo!, cuando es preciso arreglarse siempre para decir buenos dÃas o buenas noches…
—Eso no es nada.
—Cuando se debe decir: «Tome Vuestra Majestad esta llave con la mano izquierda», o bien: «Señor, coged esa lima con la mano derecha».
—Pues precisamente, he aquà dónde está el encanto con el Rey, porque es un buen hombre en el fondo, os lo aseguro. Una vez en la fragua, cuando tenÃa puesto el mandil y las mangas de la camisa arremangadas, jamás se hubiera dicho que era el hijo mayor de San Luis, según le llaman.
—En efecto, tenéis razón, es extraordinario que un rey se parezca tanto a otro hombre.
—¿No es verdad que s� Largo tiempo hace que los que se acercan a él lo han echado de ver.