La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —¿Leclére? —preguntó—. ¡Esto es imposible, amigo! Leclére tiene veintiocho años cuando más, y nosotros dos nos acercamos a los cincuenta, dicho sea sin que os desagrade.
—Es verdad —replicó el otro—, yo no soy Leclére, pero es lo mismo.
—¿Cómo que es lo mismo?
—Sin duda, puesto que soy su maestro.
—¡Ah!, esto es bueno —exclamó el cerrajero riéndose—; esto es codo si yo os dijese: «No soy el Rey, pero es lo mismo».
—¡Cómo! —exclamó el desconocido.
—Es claro, puesto que yo soy su maestro —dijo el cerrajero.
—¡Oh! —exclamó el desconocido levantándose y parodiando el saludo militar—, ¿tendrÃa acaso el honor de hablar con el maestro Gamain?
—El mismo en persona, y para serviros si pudiera —contestó el cerrajero, satisfecho del efecto que su nombre habÃa producido.
—¡Diablo! —exclamó su interlocutor—, no sabÃa que trataba con un hombre tan notable.
—¿Cómo?
—Con un hombre tan notable —repitió el desconocido.
—Tan consecuente, si os place.