La Condesa de Charny

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Capítulo II

El cerrajero elevó el vaso a la altura de sus ojos y miró el vino con marcada complacencia. Después lo probó con satisfacción.

—Sí tal —dijo—, en París hay cerrajeros. —Y bebió algunas gotas de vino—. Y también maestros.

Y volvió a beber.

—Eso es lo que yo me decía —dijo su interlocutor.

—Sí; pero hay maestros de maestros.

—¡Ah, ah! —exclamó el desconocido sonriendo—, veo que sois como San Eloy, maestro de maestros.

—Y sobre todo. ¿Sois del oficio?

—Casi, casi.

—¿Y cuál ejercéis?

—Soy armero.

—¿Tenéis aquí alguna muestra de vuestro trabajo?

—Ved este fusil.

El cerrajero tomó el arma de manos del desconocido, la examinó atentamente, hizo funcionar los resortes, aprobó, con un movimiento de cabeza, el crujido del gatillo, y, al fin, leyendo el nombre inscrito en el cañón y en la llave:


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