La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —¿Y entonces?… —preguntó el desconocido con la misma viveza.
—Vi una fila de árboles a mi izquierda, lo cual me hizo creer que la casa estaba en un bulevar; pero esto es todo.
—¿Todo?
—Palabra de honor.
—Pues a la verdad que esto no dice mucho.
—Es cierto, atendido que los bulevares son largos, y que hay más de una casa con puerta grande y pórtico desde el café de San Honorato a la Bastilla.
—¿De modo que no reconocerÃais el edificio?
El cerrajero reflexionó un instante.
—No, a fe mÃa —dijo—; no serÃa capaz de ello.
El desconocido, cuyo rostro no decÃa al parecer sino lo que él querÃa, quedó aparentemente satisfecho de aquella seguridad.
—Pero ¡ah! —exclamó de repente, como pasando a otro orden de ideas—. ¿Cómo es que habiendo cerrajeros en ParÃs, envÃan a buscarlos a Versalles las personas que necesitan puertas secretas?
Al decir estas palabras, llenó el vaso de vino de su compañero y golpeó la mesa con la botella vacÃa, a fin de que el dueño trajese otra llena.