La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Precisamente. Se me esperaba con un coche en la barrera, y allí me preguntaron: «¿Sois fulano?». «Sí», contesté. «¡Bueno!, a vos es a quien esperamos; subid». «¿Es preciso?». «Sí». Obedecí, me vendaron los ojos, el coche comenzó a rodar, sin detenerse durante media hora, y después se abrió una puerta, que debía ser muy grande; tropecé en el primer peldaño de una escalinata, y habiendo franqueado diez más, penetré en un vestíbulo, donde encontré un criado alemán, que dijo a los otros: «Está bien; retiraos, porque ya no se os necesita». Todos se fueron, y entonces el alemán, quitándome la venda, me mostró lo que debía hacer. Puse manos a la obra como buen trabajador, y al cabo de una hora ya estaba concluida. Me pagaron en buenos luises de oro, vendáronme los ojos de nuevo, me hicieron subir al coche, me apearon en el lugar mismo en que subí deseáronme buen viaje, y aquí estoy.
—¿Sin haber visto nada, ni aun de reojo? ¡Qué diablo!, una venda no se oprime tanto que no se pueda atisbar alguna, cosa a derecha o izquierda.
—¡Oh, oh!
—¡Vamos… vamos! Confesad que habéis visto alguna cosa —dijo el extranjero con viveza.
—La verdad es que al dar un paso en falso, al chocar contra el primer escalón, me aproveché de esto para hacer un ademán, y entonces se desarregló un poco la venda.