La Condesa de Charny

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»Pido además que declaréis que la patria está en peligro. A este grito de alarma veréis a todos los ciudadanos reunirse, veréis llenarse nuestro suelo de soldados y repetirse los prodigios que cubrieron de gloria a los pueblos de la antigüedad. ¿Han perdido su patriotismo los franceses regenerados del 89? ¿No ha llegado el día de reunir los que se hallan en Roma con los que están en el monte Aventino? ¿Esperáis a que, cansados de las fatigas de la revolución, o pervertidos por la costumbre de lucirse alrededor de un palacio, los hombres débiles se habitúen a hablar de libertad sin entusiasmo y de esclavitud sin horror? ¿Qué nos preparan? ¿Se trata acaso de establecer el gobierno militar? ¿Se sospechan pérfidos proyectos de la corte, que hacen hablar de movimientos militares y de la ley marcial? ¿Se familiarizan la imaginación con la sangre del pueblo? El palacio del rey de los franceses se ha convertido de pronto en una fortaleza; pero ¿dónde están sus enemigos? ¿Contra quién se apuntan esos cañones y esas bayonetas? Los amigos de la Constitución han sido rechazados del ministerio, y las riendas del imperio flotan a la casualidad en el momento en que se necesitaba tanto vigor como patriotismo para sostenerlas. Por todas partes se fomenta la discordia, el fanatismo triunfa, la connivencia del gobierno aumenta la audacia de las potencias extranjeras, que lanzan contra nosotros ejércitos y cadenas, a la vez que enfría el afecto de los pueblos que hacen secretos votos por el triunfo de la libertad. Las cortes enemigas se mueven; la intriga y la perfidia fraguan conspiraciones; el cuerpo legislativo se opone a estos decretos rigurosos, pero necesarios, y la mano del rey los rasga. ¡Llamad, porque ya es tiempo, llamad a todos los franceses para salvar la patria, y mostradles el abismo en toda su inmensidad! Solamente por un esfuerzo extraordinario podrán franquearle. A vosotros toca prepararlos para un movimiento eléctrico que haga tomar impulso todo el imperio. Imitad vosotros mismos a los espartanos de las Termopilas, o a esos ancianos venerables del senado de Roma, que fueron a esperar, en el umbral de sus puertas, la muerte que los feroces vencedores llevaban a su patria. No; vosotros no necesitaréis hacer voto para que nazcan vengadores de vuestras cenizas; el día en que vuestra sangre enrojezca el suelo, la tiranía, sus palacios y sus protectores, se desvanecerán para siempre ante la omnipotencia nacional y la cólera del pueblo».


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