La Condesa de Charny
La Condesa de Charny De Estrasburgo, a donde llegaban por una puerta los voluntarios que debían formarse, salían por la otra los soldados a quienes se juzgaba aptos para batirse; allí se encontraban los amigos, abrazábanse y se despedían; las hermanas lloraban, las madres oraban y los padres decían: «¡Id a morir por Francia!».
Y todo esto entre el ruido de las campanas y el estrépito del cañón, esas dos voces de bronce que hablan a Dios, la una para invocar su misericordia y la otra su justicia.
En una de esas despedidas, más solemne que las otras, por ser más considerable el número de los que se iban, el alcalde de Estrasburgo, Dietrich, digno y excelente patriota, invitó a los valerosos jóvenes a su casa, para fraternizar en un banquete con los oficiales de la guarnición.
Las dos jóvenes hijas del alcalde y diez o doce de sus compañeras, rubias y nobles doncellas del Alsacia, a quienes se hubiera tomado, por sus cabellos de oro, por ninfas de Ceres, debían, si no presidir, por lo menos perfumar y embellecer el banquete como otros tantos ramos de flores.