La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Lo que tranquilizaba a la reina era precisamente lo que hubiera debido espantarla, el manifiesto del duque de Brunswick.
Este documento, redactado en las Tullerías, y que no debía volver a París hasta el 26 de julio, había sido enviado en los primeros días del mes.
Pero casi al mismo tiempo que la corte redactaba en París este documento insensato, cuyo efecto vamos a ver ahora, digamos lo que sucedía en Estrasburgo.
Esta era una de nuestras ciudades más francesas, precisamente porque acababa de ser austríaca; Estrasburgo, uno de nuestros más sólidos baluartes, tenía el enemigo a sus puertas, como ya hemos dicho.
Por eso allí era donde se reunían, desde que se trataba de guerra, aquellos jóvenes batallones de voluntarios de carácter ardiente y patriótico.
Estrasburgo, con el chapitel de su campanario mirando al Rhin, única cosa que nos separaba del enemigo, era a la vez un foco hirviente de guerra, de juventud, de alegría, de placeres, de bailes y de revistas, donde el rumor de las armas se mezclaba de continuo con el de los instrumentos de la fiesta.
