La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —¡Del señor de Lafayette! ¡Oh!, no, a Dios gracias —exclamó la reina con un acento de repugnancia que no permitÃa engañarse—, no; pero dentro de un mes, mi sobrino Francisco estará en ParÃs.
—¿Está bien segura de ello Su Majestad? —preguntó la señora de Campan con expresión de espanto.
—Sà —dijo la reina—, todo se ha resuelto; hay alianza entre Austria y Prusia; las dos potencias combinadas marcharán sobre ParÃs; tenemos el itinerario de los prÃncipes y de los ejércitos aliados, y podemos decir con seguridad: «¡Nuestros salvadores estarán tal dÃa en Valenciennes… tal otro en Verdún… y en tal fecha en ParÃs!».
—Y ¿no teméis…?
La señora Campan se interrumpió.
—¿Ser asesinada? —dijo la reina, concluyendo la frase—. Algo hay de esto, ya lo sé; pero ¿qué hemos de hacer, Campan? Quien no se arriesga no consigue nada.
—Y ¿qué dÃa esperan los soberanos aliados hallarse en ParÃs? —preguntó la señora Campan.
—Del 15 al 20 de agosto —contestó la reina.
—¡Dios lo quiera! —exclamó la dama.
Por fortuna Dios no lo quiso, y envió a Francia un auxilio con el cual no se contaba:
¡LA MARSELLESA!