La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Desde ese día, Luis XVI había obtenido que alguien se acostase en el cuarto de la reina.

Y María Antonieta había escogido a madame Campan. La noche que siguió a la proclamación del peligro de la patria, madame Campan se despertó como a las dos de la mañana; un rayo de luna, como antorcha nocturna, como luz amiga, penetraba por los cristales y caía de lleno sobre la cama de la reina, cuyas sábanas coloreaba de una tinta azulada.

Madame Campan oyó suspirar a la reina y comprendió que no dormía.

—¿Sufre Vuestra Majestad, señora? —preguntó.

—Yo siempre sufro, Campan; mas espero que este sufrimiento acabará luego.

—¡Dios mío! —exclamó la camarista—, ¿atormenta aún a Vuestra Majestad algún pensamiento funesto?

—No, Campan; al contrario.

Y extendiendo su mano, cuya palidez aumentaba al contacto de los rayos de la luna, dijo, con profunda melancolía:

—Dentro de un mes, ese rayo de luna nos verá libres de nuestras cadenas.

—¡Ah! —exclamó alborozada madame Campan— ¿ha aceptado Vuestra Majestad las ofertas del señor de Lafayette para la fuga?


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