La Condesa de Charny

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Al oír esta pregunta, Rouget de l’Isle, entusiasta, enamorado y patriota, contestó:

—¡Yo seré!

Y se precipitó fuera de la sala.

A la media hora, mientras que apenas se pensaba en su ausencia, todo quedó hecho, letra y música, y de un solo golpe se vació en el molde como la estatua de un dios.

Rouget de l’Isle entró con los cabellos echados hacia atrás, la frente bañada en sudor, palpitante aún de la lucha que acababa de sostener contra las dos hermanas sublimes, la música y la poesía.

—¡Escuchad —dijo—, escuchad!

El noble joven estaba seguro de su musa.

A su voz todo el mundo se volvió, los unos con el vaso en la mano, los otros concentrando su atención.

Rouget de l’Isle comenzó a cantar su Marsellesa.

Concluida la primera estrofa, un estremecimiento eléctrico circuló por toda la asamblea.

Dos o tres gritos de entusiasmo resonaron al punto; pero las voces de personas ávidas de conocer lo demás, gritaron:

—¡Silencio, silencio, escuchad!

Rouget continuó, y con ademán de profunda indignación cantó la segunda estrofa.


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