La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Y con voz llena de emoción cantó aquella estrofa santa en que está el alma de la Francia entera, alma grande y noble, que se cierne, con las alas de la misericordia, sobre su cólera misma:
Français!, en guerriers magnanimes,
portez ou retenez vos coups:
Épargnez ces tristes victimes
S’armant a regret contre vous…[52]
Los aplausos interrumpieron al cantor.
—¡Oh!, sí, sí —gritaron por todas partes—, misericordia y perdón para nuestros hermanos extraviados, para nuestros hermanos esclavos, a quienes se impele contra nosotros con el látigo y la bayoneta.
—¡Y ahora —dijo Rouget de l’Isle— de rodillas todos!
Se obedeció al punto.
Rouget de l’Isle derecho, con un pie apoyado en la silla de uno de sus compañeros, como en el primer escalón del templo de la Libertad, y levantando ambos brazos al cielo, cantó su última estrofa, que era una invocación al genio de Francia.
—¡Vamos —dijo una voz—, Francia está salvada!
Y todas las bocas entonaron el coro sublime, que era el De profundis del despotismo y el grito de la libertad.