La Condesa de Charny
La Condesa de Charny El 28 de julio, y como si viniese en apoyo de la proclamación de la patria está en peligro, llegó a París el manifiesto de Coblenza.
Era, como hemos dicho, una proclama enemiga, una amenaza, y por consiguiente, un insulto a Francia.
El duque de Brunswick, hombre de talento, había calificado de absurdo el manifiesto; pero sobre su opinión prevaleció la de los reyes coaligados, los cuales lo adoptaron tal cual lo habían recibido de las manos del rey de Francia, y lo pasaron a las de su general.
Según aquel documento, todo francés era culpable; toda la ciudad, villa o aldea, debía ser demolida o incendiada; y en cuanto a París, moderna Jerusalén condenada a las zarzas y a las espinas, no debía quedar piedra sobre piedra.
He ahí el contenido del insensato manifiesto, fechado en Coblenza el 26 y llegado a París el 28.
¿Qué águila lo había traído entre sus garras, para que hubiese podido recorrer doscientas leguas en treinta y seis horas?
Fácil es comprender la explosión que produjo semejante manifiesto.
Todos los corazones se estremecieron, todos se alarmaron, todos se prepararon al combate.
