La Condesa de Charny

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Robespierre, que al salir de casa de los Duplay como huésped de un momento, había sentido la separación, deseaba entrar en ella un día como inquilino.

Accedió con todo su corazón a la exigencia de la señora Duplay, que tan perfectamente secundaba sus intenciones.

También ella había soñado ese honor de alojar en su casa al incorruptible, y al efecto había preparado una buhardilla, reducida, pero aseada, donde había hecho trasladar los mejores muebles de la casa, para que hiciesen compañía a una encantadora cama azul y blanca, tal cual convenía al hombre que a los dieciséis años se había hecho retratar con una rosa en la mano.

La señora Duplay había hecho también que los obreros de su marido colocasen en las buhardillas unas tablas nuevas de abeto, a fin de colocar sobre ellas libros y papeles.

Los libros eran poco numerosos: las obras de Racine y de Juan Jacobo Rousseau formaban toda la biblioteca del austero jacobino; fuera de esas obras, Robespierre sólo se estudiaba a sí mismo.

Así, los demás anaqueles estaban ocupados por sus memorias como abogado y por sus discursos como tribuno.


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