La Condesa de Charny
La Condesa de Charny En cuanto a las paredes, estaban cubiertas con todos los retratos del grande hombre que la señora Duplay había podido procurarse. Robespierre, pues, sólo tenía que alargar la mano para leer a Robespierre, y a donde quiera que miraba veía a Robespierre.
En este santuario, en este tabernáculo, en este sancta sanctorum, fueron introducidos Barbaroux y su compañero Rebecqui.
Nadie, excepto los actores de aquella escena, podrá decir con qué tacto, con cuanta destreza entabló la conversación; se ocupó primero de los marselleses, de su patriotismo, del temor que tenía de ver exagerar aún sus mejores sentimientos; luego habló de sí, de los servicios que había hecho a la revolución, de la prudente lentitud con que había regularizado su marcha.
Pero ¿no era tiempo ya de que esta revolución se detuviese? ¿No había llegado la hora en que todos los partidos debían reunirse, escoger el hombre más popular entre todos, poner en sus manos esta revolución y encargarle de dirigir su movimiento?
Pero Rebecqui no le dejó ir más lejos.
—¡Ah! —dijo—, te cogí, Robespierre.
El incorruptible se hizo atrás en su silla, como si hubiese visto alzarse ante él la cabeza de una serpiente.
Rebecqui entonces, levantándose, dijo:
—Ni dictador ni rey; vente, Barbaroux.