La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Hemos dicho lo que sucedÃa en casa de los tribunos; digamos ahora lo que pasaba a quinientos pasos de allÃ, en la morada de los reyes.
Allà también habÃa mujeres que oraban y lloraban, y tal vez más que las otras; Chateaubriand lo ha dicho: «Los ojos de los prÃncipes pueden contener mayor cantidad de lágrimas…».
Sin embargo, hagamos justicia a cada cual: madame Isabel y la princesa de Lamballe lloraban y oraban; pero la reina rezaba sin derramar lágrimas.
Se habÃa cenado a la hora de costumbre.
Al levantarse de la mesa, y mientras que madame Isabel y la princesa de Lamballe se dirigÃan a la habitación conocida por el nombre de gabinete del consejo, donde se habÃa convenido que la familia real pasara la noche para oÃr los informes, la reina se acercó al rey y quiso llevársele a otra parte.
—¿Adónde me conducÃs, señora? —preguntó.
—A mi aposento… ¿No consentiréis en poneros el peto que llevabais el catorce de julio último, señor?
—Señora —contestó el rey—, aquello era bueno para preservarme de la daga o del puñal de un asesino en un dÃa de ceremonia o de conspiración; pero en un dÃa de combate, en el que mis amigos se exponen por mÃ, yo serÃa cobarde si no me expusiera como ellos.